Diego  Guerra

Machos en celo: Hasta el rabo todo es toro

Cadena Montañosa: Sistema Ibérico
Zona: Beceite
Altura: 1001 - 1500
Organizador: Yo mismo
Diego Guerra

Las  6 horas - muchas de ellas de carretera comarcal de montaña- a lomos de mi todoterreno,  se  hicieron cortas por la ilusión y expectativas que siempre genera el  celo del macho montés durante el puente de diciembre: movimiento, persecuciones, machos viejos que  dormitan todo el año en apenas una hectarea de monte y en esta época se aventuran a salir de su escondrijo al efluvio de las hembras. 

 Sin embargo, el monte, como tantas veces, decidió imponer sus propias reglas.

Lo que inicialmente iba a ser un fin de semana de urbanita apurado, terminó convirtiéndose en cinco días completos de caza, marcados por lluvia persistente, nieblas densas y rachas de viento. Un tiempo duro que, lejos de activar el celo, parecía tenerlo medio apagado.

 

Día 1

Desde el primer día quedó claro que algo no cuadraba porque había muy poco movimiento. Alguna cabrada de hembras, todas acompañadas por machos pequeños y ningún macho adulto merodeando auguraba un rececho correoso.

 El monte estaba silencioso, inerte, sin la actividad que uno espera en estas fechas y que me dejó al termino de esa primera jornada con todo el equipo mojado y con más dudas que certezas.

Avistamientos: 1 cabrada de 6 hembras y 1 macho joven. 2 corzas

Día 2

El segundo día arrancó con el mismo guion meteorológico. Niebla entrando y saliendo, viento incómodo y visibilidad cambiante. Escogiendo dónde ir en función de la niebla, seguíamos viendo alguna hembra -pocas- y los mismos machos jóvenes pero en general la caza seguía amagada como monjas de clausura hasta que, casi de noche, al asomar a unas cuchillas dio la cara un macho ya con hechuras serias.

Iba correteando unas hembras en el borde de una planicie y el monte cerrado. Fue la primera señal clara de celo real. Un macho ancho, largo, viejo y gordo. Desapareció en el monte siguiendo a su harén y, minutos después, volvió a aparecer subido a la única peña visible, como si dominara todo el territorio. Un “Rey León” vigilando su reino. Lo meto en el visor y estoy muy bien apoyado pero nunca da el costado, siempre de pecho. La distancia ronda los 430 metros y, con la luz cayendo, la niebla entrando de nuevo, y un pisteo casi imposible si no caía seco, decidí no tirarlo. Se marchó con la noche pero se llevó consigo el letargo de mi espíritu. Ya tenía un objetivo claro.

Día 3

El tercer día lo iniciamos con una espera al lubrican  en la misma planicie. Tres horas de lluvia al abrigo de un malogrado enebro, doblegan cualquier tecnología textil y me arrullo en el pensamiento de si las grandes marcas realmente hacen estos tests. Salieron unas hembras y un macho joven, pero de nuestro patriarca ni rastro.  Para las 9.30 decidí moverme y probar otras zonas sin suerte y, por la tarde, volví a insistir con otra espera en el mismo punto con el fin último de entender en todo su significado la frase "llueve sobre mojado". Un día entero de insistir con la única recompensa de una sopa y una ducha caliente al llegar a la casa.

Día 4

El cuarto día comenzó en una zona del coto lejana y de más altura. Un área más expuesta a las inclemencias, pero de mucha roca con grietas y recovecos que pensé podían quitar del viento a algún viejo resabiado. Allí localizamos un macho de unos 10 años junto a otro más joven de 5-6 y una única hembra. Una entrada sencilla y lo pongo a tiro pero es muy corto, ha debido pasarlo fatal con la sarna y nunca llegará a tener un buen trofeo. Pienso que se ve sano y decido dejarlo para que cubra y pase sus anticuerpos a la próxima generación, que de seguro le vendrá bien.

Un rato después, en una explanada de hierba rala, localicé una hembra con su chivita, ambas con sarna. Se veían aun fuertes pero el inconfundible pelo parcheado hacía saltar todas las alarmas. Intenté abatirlas por control sanitario, siempre prioritario sobre el rececho de trofeo,  pero se taparon antes de que pudiéramos siquiera preparar el rifle. Muy malas noticias. Me hice mentalmente una nota para avisar a la asociación de cazadores local que diesen una batida de guarros pronto en esa zona para intentar abatirlas. 

Sigo probando esa zona alta durante la mañana sin éxito. A eso de las 14:00 decido bajar a la zona que se ve en la base de las peñas, un área donde me entero que no se cazaba desde hacía seis años.

Nada más comenzar el rececho, da la cara una piara de jabalíes al borde de un pinar. Son dos hembras adultas con un ejército de crías con los que dejo pasar los minutos deleitando mi vista con su incansable hozar. Poco después apareció un macho montés joven que “vino a morir” y pasó a escasos 40 metros de la piara. Buen animal, bonito, pero no daba la edad y decido no tirar.  Después de tanto sufrimiento sin tener casi caza, soy un loco romántico por dejar este también pasar y me reconforto en el pensamiento/convencimiento de que queda mucha gente en esto de la cinegética que habría hecho lo mismo.

Y entonces apareció un guarro macho. Como si el campo premiara la decisión correcta salió del monte azuzando a las crías.

Le tiré a 160 metros. Corrió unos 40 metros dentro del monte y murió. Un lance rápido, intenso, que me hizo cerrar el día con una sonrisa.

 

Día 5

El quinto día decidí volver a esa misma zona y profundizar aún más en el área del jabalí, dejando al viejo macho de las esperas para una próxima vez.  Al pasar por el pinar donde había quedado el animal la tarde anterior, me llamó la atención que ni zorros ni otros jabalíes habían tocado los despojos durante la noche, algo poco habitual.

Atravesé el pinar y salí a un plateau abierto desde el que se dominan todos los recovecos de los grandes roquedos altos que  arañaban las nubes bajas como un gato el brazo de un sofá. Una zona realmente espectacular, pero la  niebla seguía jugando con mis sentidos: apenas  segundos entre bolsillo y bolsillo para intentar localizar animales.

A las 12:30 decidí cortar pérdidas y tirar para el coche para dar por terminada la cacería. Había alargado tres días más de lo previsto y sí o sí tenía que estar en el coche a las 13h. Lo había intentado todo y tocaba asumir la vuelta sin macho. Cazar no es sólo matar, pero es parte del Homo venans el sentir algo de desazón (sobre todo si has tirado y fallado) cuando te has dejado la piel y marchas con las manos vacias.  

Con ese andar denso y reticente del condenado transitaba, cuando ocurrió. Ya prácticamente llegando al coche, el ruido inconfundible de unas piedras rodando.

No lo vi, pero ese tumulto era demasiado para un corzo o un guarro.

La niebla se abrió lo justo…Y un macho viejo ascendía a tirones, con esa forma de andar pesada de los animales que ya peinan canas. Iba hostigando una hembra, completamente concentrado en ella, ajeno a nuestra presencia y al resto de la cabrada. Estaba a unos 350 metros, en el talud de enfrente.

A la derecha, dos hembras guarecidas en una grieta de la roca me observaban atentamente tratando de descifrar qué era. Su presencia limitaba cualquier movimiento.

El instinto me agarra fuerte de la pechera y me tira al suelo ahí mismo, aun sabiendo que no era una posición ideal. Justo cuando intento meter al macho en el visor… entra la niebla y se pierde.

Aprovecho ese velo blanco para mejorar posición, y a gatas por si las hembras tienen faros antiniebla, me tumbo al borde del precipicio.

La nube se abre de nuevo. Lo veo salir más abajo, a un claro, siguiendo a las hembras…una fracción de segundo y sin pararse.

Otra vez, la niebla.

Lo doy por perdido. Me lamento y susurro a mi amigo David “que no puede ser que tenga tan buena suerte de verlo en el descuento y tan mala de no poder tirarlo” …. pero me quedo tumbado a pesar de que pasan los minutos.  Me había vuelto a embaucar la ilusión, y es lo último que se pierde.

La niebla se abre y no hay rastro.Pasan dos minutos pero han desaparecido, y ahí sí me invade nuevamente esa melancolía sorda que surje cuando sabes que te vas bolo, pero aún no te has ido.  Me incorporo para recoger, y de la nada aparece un macho joven entre dos líneas de árboles. Lo veo porque al estar mucho más alto, mi ángulo de visión permite ver huecos dentro del monte entre las copas de las chaparras. Me vuelvo a tumbar. Un tiovivo de emociones. Si me llega a pillar con un pulxiometro en el dedo, bato el record del juego.

Está quieto mirando fijamente a un punto que no veo.... 20m delante de él aparece la hembra en el claro, y es la que está alta……y detrás de ella ……el viejo monarca haciendo el feo a escasos cms.

La situación era absurda, irreal: cuando ya veo el coche a 150m, cuando la cacería estaba mentalmente cerrada, cuando nadie esperaba nada.

No hubo tiempo para pensar porque el monte lo volvería a arropar con su manto de chaparras en un segundo...sólo el automatismo de cuadrar la cruz en la paleta y acariciar con el dedo el gatillo. El animal cayó en el sitio. Una muerte como siempre la deseamos.

La distancia final del disparo fue de 256 metros, con mucha pendiente y una ventana mínima.

Un macho viejo, durísimo pues de sus 12/13 años de vida, al menos dos los había pasado  con sarna.

Tras el disparo me entró un temblor mezcla de nervios, emoción e incredulidad tras cinco días de niebla, lluvia y decisiones que alguno catalogamos de "difíciles", pero la mayoría de "insensatez".

Cobrarlo fue otro trabajo serio, en terreno muy pendiente, obligándonos a despellejarlo in situ…pero esa es otra historia

Al coche llegamos a las 14:50, destrozando por completo la hora límite de salida para Madrid. No me importó lo más mínimo. 

Galeria del informe

Macho que pasó mucha sarna y perdoné para que procrease
Regalo del campo.Su pelaje me pareció precioso
La niebla tapo el macho justo en el momento clave....
...pero al abrirse me dio unos segundos para cumplir mi sueño
Perspectiva inversa del tiro. Del macho al alto que me permitió verlo a pesar del follaje que lo rodeaba
Cófrade

Diego Guerra

La caza de montaña como la cerveza, mejor fría y con un manto blanco.

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