Jose Maria Losa

El viejo Sindh

Cadena Montañosa: Montes de Baluchistán
Altura: 1001 - 1500
Organizador: Zoon Safaris
Jose Maria Losa

El íbex de Sindh es uno de esos animales que parecen hechos a medida del territorio que habitan. Robusto, compacto, con extremidades fuertes y seguras, se mueve por la roca como si fuera una prolongación natural de ella. Los machos adultos lucen cuernos largos y poderosos, profundamente anillados, que se arquean hacia atrás con elegancia y autoridad.

Algunos ejemplares, especialmente los más viejos como el de esta historia, presentan un pelaje sorprendentemente claro, casi blanco, que contrasta con la dureza oscura de las montañas y los hace inconfundibles a larga distancia.
Es un animal gregario, especialmente fuera del celo, cuando los machos se agrupan en grandes rebaños. Vive siempre atento, desconfiado, utilizando la altura y la visibilidad como su principal defensa.

En Baluchistán, el íbex no se caza: se persigue, se observa y se espera. Y casi siempre, se sufre.

Día 1 
Llegamos a Karachi sin complicaciones y, nada más aterrizar, nos llevaron directamente al hunting camp. El alojamiento resultó ser una auténtica mansión, impresionante, inesperada, y nos sorprendió por su opulencia en un entorno que pronto descubriríamos como extremadamente áspero.

Sin apenas pausa, nos cambiamos y salimos rumbo a la zona de caza, internándonos en las montañas de Balochistán. Ese mismo primer día empezamos a cazar sobre las dos de la tarde. Desde el inicio quedó claro el tono de la expedición: subir, subir y seguir subiendo por pendientes muy pronunciadas. Una auténtica paliza física.

Finalmente llegamos a un plateau desde el que se entendía bien Baluchistán: una sucesión interminable de montañas jóvenes, secas, fracturadas, atravesadas por barrancos profundos y laderas interminables. La roca domina el paisaje, con una vegetación escasa y dura: matorral bajo, arbustos espinosos, pequeños parches de hierba seca y algún árbol retorcido que sobrevive donde puede. Un terreno que no perdona errores y que exige respeto constante.

Vimos muchos animales, numerosos grupos repartidos por las laderas, pero ninguno ofreció una opción clara de tiro. Cuando la luz empezó a caer y la noche amenazaba con alcanzarnos en altura, decidimos iniciar el descenso. En un momento de descuido resbalé y me llevé el tortazo inevitable.

Llegué a los coches ya de noche. Los demás bajaron algo más rápido; yo opté por un paso lento y constante. Fatigado y magullado, pero entero, di por finalizado el primer día.

 

Día 2 
A las cinco de la mañana volvimos a salir con la intención de ganar de nuevo altura. No alcanzamos la cota máxima del día anterior; nos quedamos en una planicie situada unos 200 o 300 metros más abajo. Aunque estábamos algo más lejos del objetivo ideal, aquella posición nos ofrecía una franja de visión mucho más amplia.

Con las primeras luces, los íbices comenzaron a moverse. Localizamos un gran rebaño de unos 25 machos, junto con alguna hembra suelta. Entre ellos destacaba un macho gigantesco, impresionante, pero imposible de cazar: no paraba de moverse y la distancia rondaba los 600 metros, sin posibilidad alguna de acortar.

Más tarde apareció un grupo reducido. En él había un macho muy blanco que me atrapó desde el primer momento. La distancia seguía siendo enorme, unos 500 metros, y de nuevo un gran barranco nos impedía acercarnos. Estaba bien colocado y decidí intentar el disparo. Lo alcancé, pero no calculé correctamente la distancia y el tiro se quedó alto.

Encontramos sangre de inmediato. El íbex herido se desplazaba por una vertiente que no veíamos, bajando lateralmente hacia la parte baja de la montaña. Decidimos dividirnos: parte del equipo siguió su rastro mientras yo descendía hacia una zona más baja, buscando cubrir la salida natural que intuíamos.
Justo al llegar a la base de las montañas llegó el aviso: el íbex estaba girando en el vértice inferior. Me ofreció una segunda oportunidad clara. Disparé a 294 metros. El tiro fue definitivo. El animal cayó en una zona extremadamente escarpada. Por seguridad, no me arriesgué a ir yo a cobrarlo y fue el equipo quien se encargó.

Después, ya con calma, nos hicimos las fotos.


Disfrutamos del animal durante un buen rato antes de regresar al campamento para descansar.

 

Día 3
Al día siguiente regresamos a Karachi, donde pasamos una noche tranquila, cenando de maravilla y poniendo palabras a lo vivido. A la mañana siguiente, tras despedirnos de Anisha, orgánico de esta expedición y gran amigo personal, volamos de vuelta a España, con el recuerdo aún muy reciente de una cacería dura, exigente y preciosa, en uno de los territorios más salvajes y auténticos que se pueden cazar hoy.

Galeria del informe

El terreno escapardo ideal para camuflarse pero complicado para acercarse (n.b buscame que estoy en la foto)
Al llegar al coche el primer dia  sin fuerzas ni para masticar
Los montes de Balochistán son un claro ejemplo de terreno duro e inhóspito que tanto nos enamora.
Cófrade

Jose Maria Losa

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